Elogio del sombrero de paja Toquilla
Elogio del sombrero de paja Toquilla
Sergio Núñez Santamaría
Sergio Núñez Santamaría
(Texto levantado y corregido por Fabián Núñez Baquero)
(Texto levantado y corregido por Fabián Núñez Baquero)
De pie sobre el más alto minarete de la cordillera andina, allá va mi canto.
De pie, y aceptando la rivalidad del huracán que rebrama en los pulmones profundos del mundo, mi canto será el primero, el que muchos esperan, el que todos acatan. Mensaje familiar, homilía sagrada, abono, siembra, admonición, himno democrático al esfuerzo, augurio de bienestar en esta hora sumergida en graves incertidumbres.
Pues bien, cantaré al sombrero de paja, oriundo del Ecuador, reclamado por los magnates de la Tierra, tejido con amor y plasticidad, con esmero lento, con un entregamiento individual, digno de los que gastan sus veladas, recreándose en lo que será , en lo que vendrá a ser esta graciosa cimera sobre una cabeza egregia.
Canto al sombrero de paja, destinado a recorrer las remotas latitudes del orbe, hablando del Ecuador con una elocuencia imprevista. Al sombrero jipis;al Panamahat, al sombrero cuencano, al tabacundeño, que han ido a posarse sobre los mentones graves de los pensadores, sobre las frentes tostadas de los industriales que revuelven la costra de los negocios; sobre la cerviz indómita del obrero que tiene en su mano el destino de la materia y las fuentes vitales de la riqueza; al que está sobre el asceta dolido de las almas huérfanas de Dios; al sombrero que se posa sobre las testas reales que aceptan hoy día las gravitaciones sociales inesperadas; al que descansa sobre la vaporosa cabecita de la mujer de dominante orgullo y que salta de gozo con su casquete de paja, enguirnaldado con plumas costosas.
Canto al sombrero ecuatoriano, artefacto elegante, flexible, sano, fuerte, duradero, que acepta todas las formas, abarca todas las cabezas, abriga como una hornaza bienhechora las ideas más audaces; aboceta, condiciona cualquier empresa viril; al sombrero que triunfa sobre sus rivales por su blancura armónica, su esbeltez, por su mariposeante galanura, haciéndose ver y tocar a la distancia.
¡Bien venido el de Jipijapa, de fina urdimbre como tapiz flamenco!
¡Bien venido el de Cañar, de fibra suave, mimosamente entretejido por manos tenues!
¡Bien venido el de Cuenca, arrequive lujoso de damas y caballeros cosmopolitas forjados con capilares de seda, sino fuera la misma paja que en esas manos de hadas impalpables toma ductilidad suma!
El de Cuenca que se ajusta a la moda versátil femenina, flordelisado como para el capricho de una diva de Cine o una mascota de centro deportivo.
¡Bien venido el sombrero tabacundeño, apuesto, rumboso, trepado a la cabeza de chicos y grandes, enseña popular que visita las ferias, los mercados, las alquerías, plazas rurales, centros ruidosos, en manos de activos ciudadanos incomprendidos hasta la presente!
¡Bien venido el emblema de la personalidad humana, que ha permanecido estrechamente conocido en nuestros escaparates, insatisfecho en su novedad, loco de expansión desbordante como gota clorofílica, probando sus fuerzas en nuestros pequeños centros de actividad!
¡Bien venido, porque es el más hermoso complemento del hombre que surca, del hombre que viaja leyendo en el diorama ilimitado de las corrientes sociológicas; del hombre-célula, del hombre cazador de inventos, del filántropo, atento a sanear las miserias locales!
¡Bien venido el señor magnífico que desciende hasta la choza del indio exhausto de felicidad, acompañándole como perro guardián por laderas y punas ateridas de frío!
¡Bien venido, camarada accesorio de los que desarrollan sus fuerzas al aire libre; de los bañistas robustos que templa la ardentía de su sangre, surcando etapas largas de agua salada; de los artistas núbiles enzarzados en la umbría con su paleta lista; de los que reposan en el abrigaño agreste inflamados en el idilio con su pareja; de los jóvenes de veintiocho años que todavía aman las aventuras peligrosas; de los exploradores del aire, con su levedad de plumón de ave; del mayoral acucioso de hacienda; del mayoral que preside un rodeo compacto; del acaudalado joven cabalgando en el sol del medio día al través de su heredad; del desmontero del trópico, invencible en su empeño de tala y siembra en lo más ríspido de la montaña caliente; del chapulo valeroso estratificado hasta la temeridad en medio de cruentas correrías; del misionero incansable, clavado en la selva oriental, heroico precursor de una civilización, a base del breviario y del Evangelio!
Bien venido para mí. que he salido de mí mismo para cantarte; que arriesgo la prosa mas ruda y desenfrenada en tu alabanza; para mí que no busco el aroma efímero del éxito, ni la glosa interesada del aplauso, sino el verdadero triunfo del esfuerzo, el ritmo de la acción conjunta, la pujanza del brazo, la tirantez del músculo, desenfado del trabajo en lucha con la inercia habitual, y el imperio de la voluntad mayoritaria, para producir, crear, aumentar, repartir y robustecer el organismo enfermo de los miserables!
¡Bien venido para mi., que soy ecuatoriano, y vivo apasionado de las glorias de mi país, de la marcha de su presente y de la expectativa de sus destinos; para mi que creo en el milagro de un grano de arena removido por mano hábil, como en el de la nube al parecer indiferente, preñada de lluvia; para mi que espío, cuento, ausculto en las excoriaciones de la tierra, percibiendo las emanaciones de seres que se mueven dentro; que me descorazono ante la plenitud del horizonte barrido de niebla, como ante el perezoso arrastrarse de la yunta!
¡Bien venido seas, sombrero de paja, ahora que necesitamos oro de buena ley en nuestras arcas!
¡Ahora que carecemos del maná bíblico en nuestros hogares!
¡Ahora que hace falta el reguero prolífico que vivifique nuestras arterias!
¡Ahora que deseamos alzarnos sobre nuestros despojos, con bríos formidables con que estrangular nuestra indolencia!
¡Ahora que somos jóvenes, capaces de mover los basamentos graníticos del progreso, sin valernos de extraños impulsores!
¡Ahora que contamos con una generación inquieta, en cuya frente luce el sol levante de generosos proyectos!
¡Ahora que estamos soñando en el surgimiento del ave fénix, cuyas garras rompientes pueden descuajar las montañas auríferas!
¡Ahora que somos nación llegada a la pubertad radioactiva y contamos con ciclos apreciables de crecimiento y desarrollo!
¡Ahora que el santuario está en el taller, en el laboratorio, en la fábrica acogedora, en el campo potencial, y la norma definitiva de vencer no es otra cosa que la catalogación, la especialización, el invento, el acervo predominante de fuerzas mecánicas!
¡Ahora que podemos burlar las distancias con nuestros productos guiados por la aguja indicadora del optimismo y no nos queda otro rumbo que superar a los demás, que rebotar con nuestra energía sobre cuantos nos crean minúsculos, sobre los que han estorbado nuestra marcha ecuménica, sobre cuantos se han confabulado contra el refluir del nombre ecuatoriano dentro y fuera de nosotros!
¡Ahora que nos acompañan las torturas del parto!
¡Ahora que traducimos los segundos que gastamos en siglos valorizables!
¡Ahora que nos defendemos solo con glorias añejas y orgullos valetudinarios!
¡Ahora que vemos la inutilidad del pasado cuando no engendra un empeño fecundante!
¡Ahora que la expectación del mundo gravita sobre nuestras cabezas y se espera con ansiedad saber qué somos, cuánto valemos, a dónde vamos, cuál es el trofeo de victoria que ostentamos!
¡Ahora que no guerreamos inútilmente por ensalzar a monigotes de cieno!
¡Ahora que abrimos caminos para conocernos más!
¡Ahora que no hallamos reposo sino en la escarpia de la nube o en el vértigo rabioso de un camino sin límites!
¡Ahora que despreciamos al mandón disoluto, al politiquero ramplón, al parasitario de oficio que circula por todas partes!
¡Ahora que aspiramos a dar sin recibir, a engendrar sin que nos extraigan, a esparcir simientes gordas, antes de que asomen las aves raptoras del imperialismo del Norte!
¡Ahora que adivinamos lo que seremos, si marchamos juntos hacia la tarea pronta!
¡Ahora que el desenvolvimiento colectivo conduce a la superación racial!
¡Ahora que nadie se paga de conceptos sino de obras puras!
¡Ahora que el Ecuador es el eje del mundo nuevo con sus Eldorados ingentes en mar y tierra!…
2
Nosotros no tenemos tumbas faraónicas, ni obeliscos, sino tierras de promisión.
Nosotros no conservamos pirámides, menhires y dólmenes en el vasto circuito inhabitado, sino dominios vírgenes, inabarcables hasta ahora.
Nosotros no hemos levantado castillo feudal, puentes levadizos ni epopeyas desventuradas, sino la clara y evidente marejada fluvial para asentar puertos, majestades cumbreñas que lactan aguas salutíferas, vientres matricios de ríos abundosos. Las selvas paramentales claman a gritos el descuajamiento bienhechor. Riachos, páramos, laderas y rincones insólitos tendidos en el recuesto del cordilleraje, tientan a la ambición familiar del hombre siglos de siglos.
¡Maderas, minerales, plantas en floración constante, pastos, yerbas medicinales, antes que arcos triunfales y estatuas guerreras!
¡Animales domésticos en progresión numérica, perfumes, células, aceites, materias colorantes, resinas, legumbres, extensión, alegría, altura, blanca inmensidad, miríada de seres fusionados en el aire, en el abismo, en los escondites del suelo abrupto, antes que templos milenarios, pagodas y vestigios dorados de mentirosas vanidades!
¡Bien venido, sombrero ecuatoriano, ahora que los operarios valen más que los guerreros, que un fabricante pesa más que un ser mitológico; que el inventor cuenta con más agradecidos que el caudillo; que la materia prima describe más problemas que la ardua metafísica; que el modelo es preferido al prototipo; que la iniciativa se coloca sobre la meditación estática; que el método ha vencido al sistema abstracto y cada aspecto de vida real augura un alumbramiento nuevo!
¡Bien venido el sombrero que se exhibirá con procedencia propia en París, Londres, Nueva York, en Hamburgo, en el propio Japón, en los Países Bajos, en la Roma del Vaticano, en las remotas comarcas de la China, de la India, del África, más allá del Golfo de México, en los Arenales de Arabia, en la estepa rusa, en los declivios pirenaicos, costeando el Cabo de Hornos, Bogador, en el Estrecho de Gibraltar, a través de la costa escandinava y a todo lo largo de los montes Càrpatos, los Balcanes, los Urales, siguiendo ruta por ruta, puerto por puerto, delta por delta, del Pacífico al Atlántico, del mar Jónico al Índico, sin dejar aparte islas, zonas, caseríos, aduares, punas, llanos y pampas ignotas de la Tierra!
En Panamá te comprarán, sombrero toquillar, en reparación de haberte quitado el nombre, si es cierto que el Presidente istmeño adquirió uno para el ingeniero Lesseps.
En Colombia, porque desde Santander los granadinos lo lucieron como presea heroica.
En el Perú, por San Martín, por el Presidente Lamar, señores de la emulación histórica, frente a Simón Bolívar.
En Cuba, por Martí, Maceo y José de la Luz y Caballero.
En Venezuela, por Bolívar y Sucre, creadores de pueblos y de almas de pueblos.
En el pequeño Paraguay, por la fiereza indómita de su gente bajo la égida del Mariscal Solano López.
En el Uruguay y la Argentina, porque Artigas, Sarmiento y una cohorte de personajes cívicos supieron y pudieron enseñar patriotismo integral a los suyos.
En México, por Benito Juárez, cuyo sombrero de Jipijapa admiraba un millonario yanqui, más que una escuela rural.
En los Estados Unidos, por Monroe, el de la ‘América para los americanos’; por Roosvelt, el cazador de fieras y de teorías de buen humor. El que, con un sombrero de paja cuencano bajo el brazo, estrechaba un libro de viajes. Edison te ha llevado con cariño. Rostchild, Carneggie y Rockefeller se consideraron tan americanos como Lincoln y el filósofo Wilson, que lo retuvieron en la cabeza.
Humboldt conoció uno de su predilección; Bonpland, Caldas, Celestino Mutis, herborizaban con el compañero jipijapa en su mano.
Castelar lo usó en las Cortes de la Primera República Española, antes de volver a defender el trono borbónico.
Napoleón lo hubiera preferido a su tricornio, sirviéndolo como de talismán, como su montecristense al general Eloy Alfaro.
Rubén Darío pidió uno después de escribir La Marcha Triunfal.
Lamenais escribió Páginas de un Creyente sobre la copa de un sombrero de copa baja ajustada a su cabeza igualitaria.
Rabelais resulta menos irónico en su Gargantúa con su copudo sombrero de castor.
Víctor Hugo hubiera llegado a la gloria mejor que con chistera, con un cubilete de toquilla.
García Moreno pocas veces usó otro que el arriscado tabacundeño, con la mariposa del cintillo anudada con una hebilla de plata.
Juan Montalvo tuvo varios, más que para el uso, para presentar al mundo las maravillas de este artefacto.
Veintimilla huye de Las Catilinarias con sombrero alón desplegado por delante.
El Padre Solano recalentó sus ideas dentro del gran sombrero cuencano, regalo anónimo en una de sus correrías al Valle de Loja.
El Padre Sodiro se olvidaba de especies y familias solanáceas, cuando se olvidaba de su toquilla.
Rocafuerte recibió en Manta uno que le sirvió para levantarlo muy alto al igual de su protesta contra Flores.
Con un jipijapa en el bolsillo viajó el sabio Maldonado como el primer zapador del camino Quito-Esmeraldas.
Espejo fue el maestro Marcelino con un sombrero gacho en la cabeza.
Mejía debió regalar uno a su digno contendor, el conde de Toreno, en señal de que ya teníamos personalidad republicana.
El agustino Salcedo deseaba pronunciar diez homilías en honor del sombrero ecuatoriano.
Olmedo no terminó su canto épico al jipijapa en verso libre.
Llona pensó en una serie de trípticos en loor de su cubilete favorito.
Miguel Valverde cuenta en una de sus anécdotas que se han perdido, la asombrosa duración de un sombrero cañari usado por su padre.
Mera gozaba con la idea de escribir una oda heroica al sombrero del Mariscal de Ayacucho.
Crespo Toral se arrepiente de no haberse acordado de la apostura del toquillano de las tres latitudes ecuatorianas.
La pléyade vanguardista se revestirá de tantas metáforas por cada uno de los poros de esta graciosa prenda.
3
Ya lo veo en la mesa redonda de Londres junto a la humilde figura del Mahatma Gandhi.
La veo también ante los ojos de Alberto Einstein creando un nuevo sistema de la relatividad.
Quizá lo ha elegido ya León Tolstoy, el asceta viajero en abandono completo del mundo material.
Lo mismo que Kipling, el enorme poeta de los gérmenes ocultos de su mundo de las Tierras Vírgenes.
Henry Ford está dispuesto a buscar el artefacto nuestro en su búsqueda de la paz universal, como hizo antes de 1914.
Se dice que Lenin se desprendió de su sombrero, al descubrir su faz mongólica ante el escenario del mundo igualitario iniciado y buscado por él en pleno 1917.
A Unamuno no le bastó, en su destierro de Hendaya, la vieja boina de vagabundo y pensador en los rigores caldeados del medio día.
Papini ha visto a Jesús en el siglo veinte con un sombrero de pastor, con una oveja perdida al hombro.
Voronoff piensa aceptar uno al acordarse de los elixires de Paracelso y Jámblico.
Y ¿por qué no pensar en Rabindranat Tagore, suave impugnador del materialismo occidental?
Ya le sugirieron a Charles Chaplin que abandonara por un momento el emblemático hongo por un jipis monín, ceñido a su cabeza.
Parece que el Presidente Hoover se llevó algunos de este país, ingenuo dispensario de bondades para buenos y malos.
4
Salgo a la calle pública con el gozo cosquilleándome en el corazón., Mi canto es del niño que ama los juguetes, los ensueños, las visiones aladas, la nubes andariegas, las cosas metamorfoseadas por la distancia, las mariposas vestidas de fiesta, las torres blancas, los animales imaginarios libres en sus correrías dentro de las viñetas; mi canto de niño- ya que los niños cantan a pleno aire, con el instinto de la ruta ilimitada, de la frescura del infinito, que sueñan a su modo; mi canto pintoresco, concebido con la presencia de la cosa propia, comienza por el sombrero toquillano de los míos.
Ya es fuerte, forzosamente fuerte, penetrante, sugeridor, amistoso y concordante con las masas que pululan incesantemente calado el suyo.
Ahí va uno con su prenda enana cubierta de polvo. No tiene forma. La mugre antigua viste de santidad por los contornos. Es un cargador numerado. Siente, como yo, la necesidad de acicalarse mejor por algún domingo, con un improvisado indumento de colores. Claro que lo siente y desea. Pues ya comenzará por el sombrero nuevo engastado por primera vez.
Por allí va un magistrado. ¿Su sombrero? Un hongo defectuoso que sale de la cabeza cuando se le antoja. Se le burla, juega con la chatura craneana, no quiere afirmarse sobre ella, perurgido por la molestia de tanto saludo ripioso. ¿Y si fuera de paja? ¿No le sentaría mejor coaligase con él, aunque lo lleve en alto, si desea manifestarse atento aún con los pequeños y pobres?
El hiño harapiento lleva un casquete de trapo sucio. No es que lo lleva. Lo arroja al suelo al paso que hace rodar el aro de barril. Como si suspirase por algo bueno. Como si envidiara al señor del frente que sí sabe ponerse con su terno azul marino y su cara afeitada. Como si le pellizcara una comezón de ira al escaparate de la esquina y decir a quema ropa: ¡Señor, ese tabacundeño para mí! Yo le pagaré de medio a medio.
Otro niño, afanado en actuar con la punta de los pies. No es una pelota, sino un sombrero duro. ¡Si fuera el que ansía arrollarlo debajo del brazo, se sentiría rey!
Unas niñas desfilan en grupos, en grupos de diez, de veinte, de cincuenta.
El hálito del día adolescente enfría sus cabezas descubiertas. Pero el corazón es una campanilla del altar mayor.
Y es que saben que un señor benéfico visitó la escuela de adobe. Se fijó en el número y la calidad de los rapaces. Todos pobrecitos, todos de los barrios míseros. Todos con gorras ruines. Todos en espera de mercedes celestes, y sin embargo…
No importa el número. El hará un esfuerzo mayor. Doscientos sombreros de Cuenca vendrán a la escuela pobre, habitada por el niño Jesús. ¡Doscientos! ¡Doscientos! ¡Doscientos! El rumor engrosa. Vuela de un rincón a otro.
Y es una armonía de voces entre un agradecimiento y una alabanza. ¡Quién fuera como este señor benéfico para hacer una cosa igual!
¡Cien escuelas pobres recibirían con el mismo derecho!
¡Cuántas bienaventuranzas se rezarían en los hogares!
¡Cuántas becas elocuentes hervirían de gozo invocando a lo Alto una lluvia de cielo para estos hombres!
¡Y pensar que como dicho señor benefactor pueden haber ciento, mil, diez mil llenos de buenas intenciones y que a lo mejor esconden la dádiva!
Y no es que sean imaginarios, existen, deben existir, es que deben existir, así como a poca distancia los otros insatisfechos, negativos, corroídos por la ambición innoble, la de no valerse para nadie, con el susurro del rezo vacuo en la boca, recelosos del pecado ajeno, anclados como buques viejos en el seco playón, con sus cadavéricas virtudes que ni vuelan, ni se acompañan, ni encienden, ni se divinizan, ni se filtran en la humanidad.
Recorramos de una en una Quito, Guayaquil, Riobamba, hasta en los alvéolos de poblaciones pequeñas y nos toparemos con la presencia de verdaderos paraísos terrenales, las haciendas en donde se acumula y se arroja el sustento de muchos. El bien común que se queda en las dos manos y que en esta otra se cierra terco e inexpugnable para siempre.
Con el regalo de un toquilla por cabeza no perecería un buen señor. Talvez ni con diez, talvez ni con ciento.
Fluirían más bien las preces calurosas de tanto artesano con ocho hijos desnudos, de tanta madre recargada de angustia con cuatro mamoncitos que piden ropas costosas; de tanto cholo trabajador como una hormiga en varios lugares y que jamás llega a su casa con buen viento.
También se oiría el agradecimiento rendido y constante del indio vergonzante acurrucado en su mugre eterna, su poncho enrenglonado y tosco, con su capacho de lana, el mismo para toda la vida.
El del chagra borrachento, y que lo es, cansado de luchar en vano. Y del mismo lado se ven niños, viejos, viajeros de a pie, cesantes de la vida, mujeres abandonadas en el estercolero de la desgracia, en suma, la hez, la herrumbre., el migajo, la hilacha, el remanente de la grey humana.
¡Vamos! Es una razón de sabiduría igualitaria abrir la mano y contentar siquiera a uno. La bondad es fructificante. Al principio hace sonreír al egoísmo erecto, a la receta verbal, a la fórmula tortuosa. Al principio la caridad suscita murmullos, suspende, asusta, inmoviliza, obliga a huir. Después amalgama, infunde coraje, despeja las pupilas, moviliza las voluntades, agrupa a los fervorosos, dilata las arterias estancadas.
Y luego los resultados se manifiestan. Todo lo bueno, lo justo, lo aceptable, la riqueza, la abundancia, la fuerza, la producción ,la multiplicidad, el acumulamiento, el orden, la continuidad, el entusiasmo, la germinación provienen del movimiento del corazón.
Son fluidos de la voluntad en acción, reservas escogidas del espíritu superior, melodiosos engarces de las simpatía vuelta a todas partes, ondas generosas del hombre que labora para que laboren los otros.
¡El movimiento! ¡El movimiento de las ideas! ¡Hacia la lucha! ¡Hacia la riqueza!
¿Habláis del éxito de uno aparte de los otros?
¿Habláis del bienestar individual, cuando aquí, allá se retuercen de miseria?
¿Habláis de la ruta segura cuando vosotros sois los que trazáis curvas a derecha e izquierda con vuestros sofismas?
¿Habláis de trabajo cuando esperáis el arribo de la riqueza con los brazos cruzados?
¿Habláis de causas nobles cuando sois los primeros en desvirtuarlas desde el libro, el púlpito y el foro?
¿Habláis de actividad práctica cuando hace más de un siglo que dormís el sueño gordo de la imprevisión?
¿Habláis de la grandeza económica cuando gastáis lo que no habéis producido?
¿Habláis del futuro cuando no hicisteis el pasado ni entendéis vuestro presente?
Las calles, los caminos, los monumentos, las artes, los emblemas, los trajes, la historia, el libro, empresas, edificaciones opulentas, la majestad del patriotismo, la inmensa bocanada de elocuencia acatada por los más no tienen razón de ser sino por el tiempo gastado, por un sentencioso plan de trabajo confiado a elementos transformadores y constantes.
¡Ahora vamos más allá! ¡Ahora a la brevedad de los hechos! ¡Ahora a construir pronto! ¡Ahora a la locura de darse la mano! ¡Ahora a ultrapasar antes que medir las etapas del viaje!
¡Ahora a no concebir tiempo, sino a futurizarlo! ¡Ahora a materializar la vida, en bien de ella misma compuesta de elementos diversos! ¡Ahora a no poseer un palmo de tierra sin congregar fuerzas afines, sin gozar de la fiesta que cada uno prepara en el consistorio del trabajo!
5
Mi canto está armado como los antiguos batalladores.
Mi canto escogió la prosa cambiante, viva, galoneada de adjetivos y relampagueantes epítetos. Mi canto que gana la crestería de las cumbres nevadas es simultáneo, múltiple, confluente.
En el sarao del sol en medio del cielo, mi canto adviene desde el Chimborazo, el Tungurahua, el Cotopaxi, el Altar, el Cayambe, el Pichincha y el Antisana.
Quiero que sea una fluencia incandescente con esta sola palabra: ¡ECUADOR! ¡ECUADOR! ¡ECUADOR!
El Ecuador tiende su mano febril a los Continentes. ¡El Ecuador se ha rasgado el vientre maduro de promesas!
¡El Ecuador se ha transformado en mercado, en factoría, en plaza pública, en coliseo numeroso de hombres esforzados, en un campamento febril, en ancho arenal de entusiasmos!
¡El Ecuador cree en la evolución productiva!
¡El Ecuador ama la paz, busca la condensación de vidas retribuyentes; admira la graduación del éxito, comprende que no son vanos sus descorazonamientos!
Ya no los símbolos ni las enseñas hambrientas de orgullo; ni las condecoraciones oficiantes.
Ya no los nombres hereditarios y airones petulantes, los pendones fustigadores entregándonos a la guerra entre hermanos.
Siento la nacionalidad formada aquí mismo con los millares de medios de que disponemos.
Veo su autonomía izada como bandera tricolor en el puño vibrante de cada uno de nosotros.
Somos un pueblo que afirma su identidad produciendo, fusionando, adoptando, redoblando iones de energía volitiva y muscular.
¡Todavía más! ¡Todavía más! ¡Todavía más!
¡Y si dignificáramos la fatiga anónima del indio!
¿Y si buscáramos savia productiva en las innúmeras dádivas de nuestra naturaleza explotada?
¿Y si extrajéramos oro abundante de nuestros ríos, tanto como de las montañas dormidas?
¿Y si extendiéramos la manos por nuestros páramos agrestes, como por los rincones de las selvas ignoradas?
¿Y si hurgáramos en el seno de la tierra con pequeños capitales en franco cooperativismo racional?
¿Y si aprovecháramos de tanta materia prima: aceites, fibras, tintes, papel, sustancias industriales, mieles, jarabes, vitaminas, vinos, jabones, lumbre, combustible, sales, residuos químicos, gérmenes biológicos, injertos vegetales, miles de ráfagas vitales que pululan en cada arbusto, en cada flor, en cada gramínea flébil que cubre nuestros campos?
¡La fibra! ¡El hilo! ¡El estambre! Lo que amplifica, refuerza, une, ensancha y concatena. Vestido, cobertor, techumbre, manto onduloso, vela henchida de viento, bandera sagrada sin un repliegue en sus tres zonas, moda coquetona apoderada de la mayoría.
¡La moda! ¡La moda!
El Ecuador ahora impone la moda a todo el mundo. La moda de la fibra toquillera, filamento ondulante, flexible, impermeable; tensa sin ser áspera; elástica sin ser débil; elaborable, abundosa, delicada, muelle, moldeable, con su patente de invención para crear artefactos varios jugando con ella, armando cordajes, antenas vivas de propaganda mundial!
6
¡Oh hijos de Manabí! ¡Tejed sombreros día y noche!
¡Vuestros jipijapas que se pierden en la noche de los tiempos!
Vuestro jipijapa sedoso, poliforme, bien ajustado a cualquier cabeza.
Vuestro parasol anchuroso, más servicial que el potro montubio al través de la montaña.
Vuestro guardián casero en las acometidas de la intemperie invernal.
Vuestro montecristense airoso elaborado arteria tras arteria en la soledad del cortijo de cadí.
Vuestro calceteño, vuestro santana, vuestro bahía, vuestro chonense, acervo doloroso y filial de los hijos y nietos que aprendieron a juntar fibras de esperanza y estambres de porvenir.
¡Loor al sombrero montubio! ¡Fabricad pronto, pronto! ¡Mil, diez mil! ¡Manabí necesita su sabrosa pitanza del bienestar ingente que tiene derecho por su larga familia, no apuntada por la historia!
7
¡Oh hijos de Cuenca! ¡Próceres del talento! ¡Gayos progenitores del verso!
¡Señores privilegiados de las artes manuales! Por cada verso que plasmáis creáis un genio. ¡Por cada brizna de toquilla enhebrada, preparáis un cofre para el cerebro humano! ¡Azuayos líricos! ¡Azogueños hacendosos! Todos, todos, todos los que os agrupáis en vuestros hogares apenas apunta la madrugada con el copo blanco de paja. Los que con la obra primordial escogéis la placidez de la casa propia con las hijas casaderas, con los futuros soldados de la recolección; los que habéis llegado a viejos modulando la romántica canción del sombrero, vueltos los ojos a la Virgen del Rocío, a la Señora del Cisne, el vehículo crepitante de la riqueza llegó a las puertas!
8
¡Y vosotros tabacundeños! ¡Vosotros inconfundibles viajeros por ferias de pueblos minúsculos, por silenciosas aldeas, con la montera de sombreros a la cabeza! Vosotros dolidos de vuestra obra. Vosotros zapadores del trabajo, resueltos a colocar el articulo clásico en los mostradores y escaparates inexpugnables, conocéis la dureza del viaje a pie y lo intemperante y hosco del ambiente frío. Conocéis la juglaresca avaricia del rico, el fervor impotente del pobre. El himno objetivo del trabajo que lleváis encima, sublimiza la aspereza del peregrinaje.
Sabéis acicalar la vida errante con el albayalde de la resignación. Artífices de la porfía, ya sé que os comprendéis por igual. Ya veo que armonizareis el método del trenzado y el remate, a fin de unificar la bondad y la calidad de la prenda.
¿No sois hermanos en la acción, hermanos carnales en la prosecución de iguales fines?
¡Multiplicad sombreros! ¡Ya tenemos mercados en las cien capitales del mundo! ¡Y vienen por nuestras manufacturas con el más alto talón de oro! ¡Ya nos contemplan maravillados los inmigrantes celosos de la fama! ¡Ya somos los vendedores comprados a peso de dólares inagotables! ¡Sombreros! ¡Sombreros! ¡Sombreros!
9
Mi alma redobla como un tambor glorioso. ¡Muchos ojos curiosos tengo en el cuerpo con que acoplar emociones crecientes!
La emoción extraña se desborda sobre nuestras plazas. ¡Producimos, producimos! ¡Desde el Carchi hasta el Macará! ¡Vednos!
Bien, dame la mano, oh Walt Whitman, poeta archimillonario de la expresión:
Ciñendo la hinchazón de la Tierra arde el cinturón ecuatorial
10
¿Sombrero, sombrero, cimera individual, complemento del Yo, ¿no tienes historia?
La fachada humana no está completa sin ti.
¡El obelisco pensante te necesita, cúpula integral!
Celada indómita de la energía, copa osada de un árbol genésico que principia y no acaba nunca de encumbrarse a través de las razas, no eres un accidente de la talla humana. Te lleva en su mentón fecundo el hombre, el hombre coronado de proyectos, el hombre henchido de vientos, de espumas radiantes, de incalculables visiones futuras. Te lleva sobre sí como su tiara personal. Menester es que sepan lo antiguo de tu progenie.
¡Oh! sombrero pareces el mismo. Parece que no dices nada, que no tienes raigambre, abolengo, antaño epopéyico! No, no eres resaca inútil de la moda.
Te entreveo al trasluz del precedente histórico.
Ven. Primero eres el petaso griego, sujeto sólo por una fimbria leve al cuello. Tan corto de falda como el miniaturado femenino, 1930.
Ya eres el pileo o el chino de forma cónica, con remate lujoso en la copa, donde escintila una borla de crin roja o de seda.
Ya eres pandereta giratoria descomunal sobre la cabeza de mujer tonquinesa y filipina.
El de paja de bambú coreano propio de mandarines antiguos. Ala ancha, sostenido a la barba por una sarta de cuentas resinosas.
Allá por el medioevo eres gorro, caperuza, o montera puntiaguda, redonda, o cilíndrica de cuero amarillo, como los que se ven en los relieves de Notre Dame.
Ya viene la gachona elegancia. Ya viene el resabio perlero, cordones, joyeles y plumas. Ya los sombreros de la clerecía francesa, color verde; los piramidales del siglo XIII, con el ala plegada hacia atrás y por delante formando pico.
Sombreros de gentiles hombres y caballeros a modo de coronas cuajados de pedrerías. Viseras milanesas que usa la mujer el siguiente siglo. Sombreros de peregrino, alicortos, arriscados por la frente que se cala un Cristo de la Catedral de Reims. Sombreros de alas más anchas, sumida la copa, cuando es un Carlos VIII el que lo usa, como un galán pizpireto en las justas caballerescas, caído por un costado el flanco desmedido y recogido por el otro con las flameantes plumas de avestruz.
¡Quién hubiera sido paje, criado o escudero de aquellos tiempos!
Y si no, allí hubiera estado predominando la toquilla en el capelo, bajo de copa, de ala redonda, vuelta del todo y con plumas y cordones colgadizos.
Arreo de cardenales y príncipes tonsurados, de aquesos donceles que llegaron hasta la tiara pontificia con prebendas cuantiosas y fuero juzgos, pasando de la Iglesia de Roma a Aviñón.
Sombreros de los Felipes en la España imperial, de grandes alas flexibles, copa baja y plumas.
Sombrero chico de los tres Enriques de Francia con plumas también, tan cortesanos después, hasta convertirse en gorra de terciopelo.
Sombrero de los dos Luises, prevaleciente por su grandor de ala y copa y por el copo de plumas peinadas por el viento cortesano en sus reverenciosas manifestaciones.
¿Y es sombrero el de Felipe II? ¡Ah este Felipe austero! Profundamente desafecto del sombrero de alas visibles, el suyo parece un dedal de hoja de lata, uno como casquillete insignificante sin plumas, joyeles ni cintillos, con su copa de tanto arranque que semeja torre de presidio. Sombrero inquisitorial, que había de modificarse un poco en la cabeza del otro Felipe, aceptando algún adorno y siendo para más adelante noble el fieltro negro.
¿Qué hubiera hecho nuestra carloduvica palmata con estos adherentes inelegantes en cabezas flamencas, tan cruelmente rigoristas en aquello de quemar herejes y brujas?
¡Un momento! Que viene el chambergo españolísimo de origen, caprichoso, impertérrito y atorrante.
Sombrero de los valientes de novela cervantina, como los Rinconete y Cortadillo, de alas desafiantes, de grande ruedo, inclinado por la oreja izquierda y la misma ala recogida por delante, hasta descubrir el desenfado de cara del rufián Maniferro o Chiquisnaque, con bigotes largos y cuellos a la Valona.
Sombrero duelista de Quevedo y de tanto buscón, matasiete y envalentonado mancebo que con la espada al cinto las emprende por cualquiera higa con el primero que se le presente.
Sombrero d e la capa ondeante, de jubón lleno de repliegues y de los gregüescos ajustados solo hasta la rodilla, de Nuestro Señor Don Quijote y de la guapeza señoritil de todo hijodalgo adinerado, que prende el ala en la copa con joyas de oro y piedras preciosas, fuera de que lo airoso del plumaje mosquitea a la vista plebeya que le cede el paso.
Sombrero éste cantado por Lope de Vega en cien lugares de sus comedias, sobre los coletos, guantes y trancelines de tanto galán al uso, él galán también, él soldado también de algún tercio de Flandes, con su casaca chamberga que le dio el nombre, con solapas y gorgueras engoladas.
Y luego su hermano el sombrero de fieltro. El que lo llevaba siempre, ya tenía donde preservarse de la lluvia y del sol en aventura tras aventura continua.
¿No fueron chambergos también los de caballeros y bufones de Velásquez, como el del Conde Duque de Olivares, el de Felipe IV en su desgaire ecuestre verbigracia?
Bien que se presta para un lance esgrimista, como para la escaramuza de Dugescelín; para la correría cetreril, como en las rondas amorosas con aquella divisa afirmada a la voluntad: Por mi Dios, mi rey y mi dama de algún Enrique el Doliente.
¡Honor también al sombrero de picos del peligroso siglo XVIII! Es el de castor plegado por la mitad del ala sobre la otra mitad, para cubrir entre los dos la copa.
Sombrero triangular y maleable, claro, pudiendo ser también ya jipijapa o cañari.
El tricornio, sí, el mismo que inspiró la mejor novela de Don Pedro Antonio de Alarcón, y el de los Tres Mosqueteros del viejo Dumas.
Presentíase el advenimiento de la Revolución Francesa y el irrumpir del poder napoleónico. Él, Napoleón Bonaparte, lo usaría mas bien, con más derecho aplastando a todas las coronas de Europa.¡Honor así mismo al de medio queso, típico de manolos y chisperos, según el aguafuertista genial Don Francisco de Goya y Lucientes!
¡Honor al de tres candiles, prenda de señores y lacayos de Felipe V, siempre que llevara guarnecidos los bordes con galones y plumas, como los disformes quitasoles de los charros mejicanos!
Solo que al intruso de Esquilache, Ministro de Carlos II, se le puso proscribirlo, como al rey la conservación de los hijos de Loyola.
¿No recordáis el conocido motín de las capas y sombreros?
¡Y más que honor, respeto mezclado de miedo, a ese buen señor sombrero de copa, de cien modos modificado desde Rembrand hasta mucho después de la Revolución Francesa! ¡Cuantos tarros de cartón, de pelo, grises, negros, bayos, entre tanto! Ni el tromblón de Goya, ni el de Bolívar pequeñito como estos señores.
Basta con buscar en una litografía de Grandville, el verdadero sentido de la chistera entre tanto casquete, morrión, tubo, cilindro, pirámide truncada, abarquillados unos, faldahendidos otros, sin ruedo, a modo de boquilla de metal, tal cual acercándose al kepis, al dedal de coser, a la banasta, al turbante turco.
¡Adiós, tromblón, tres candiles y medio queso!
El gomoso chistera, con su piel lustrosa, primará desde Inglaterra a Turquía en la cabeza de un lord, como en la del Sha de Persia, y hasta ahora en los ruidosos actos públicos.
¡Un saludo amigo al hongo, al hongo democrático, al hongo burgués, a nuestro coco, hasta ayer no más ciudadano ecuatoriano, compañero inseparable de diplomada distinción!
11
No creas que te olvido, sombrero de mujer. Solo que has recibido mil variadas y caprichosas formas y me exigiría centones de páginas a título de historia.
Fuiste el caliendum de la dama romana, una gorrita alta apenas, y luego el caramillo copiado de los moros, toca, velo o turbante para ocultar el pudor del ojo masculino.
Fuiste el chapirón ¡qué horror!, enorme mitra de obispo, cuerno de carnero, cono truncado, de tela engrudada, como para suspender de él amplios velos hasta los hombros. ¿Hermano del rocadero de los reinados de Carlos V y Francisco I?
Allá por el siglo XV, la mujer te busca ancho o también en forma de birrete de copa ensanchada por arriba y alas estrechas. Te veo en la cabeza de Isabel de Inglaterra, Isabel Clara Eugenia, hija del ceñudo Felipe II.
¿Y las gorritas de terciopelo o raso orladas de armiño de Margarita de Navarra, sobre un pelo flordelisado de mil modos sobre la frente?
¿Y el birretillo negro, apuntalado solo o con una pluma, de Leonor de Castilla, María Estuardo y Margarita de Francia, junto con la labor tortuosa del peinado? ¿No fue esta la época reposada de los rizos, cocas, bucle y tirabuzones por todo lo alto de la cabeza femenina?
El coqueteo del encaje flamenco, del batán tafileteado de cintas de las sayas y basquiñas vaporosas? ¿Y la duquesa de Angulema vestida de amazona, con un casquete vuelto de lado, con su corbatín de cuello y el traje frondoso sobre la cabalgadura?
¡Oh los pastores de Wateau!
¡Oh las capotas con bridas, de la Revolución Madre, en defensa del vendaval que agitaría todas las cabezas!
¡Oh las capotas del Primer Imperio, grandes como la expansión del mundo napoleónico, con flores y barboquejos de muselina!
¡La fauna y la flora caen sobre ellas, en especial las plumas de garza o avestruz con toda su gama de colores!
¡Oh la otra capota aniñada, hiperbólica de 1810!
¿Y la de 1838 y 1860, más elegante, más femenil, descubriendo ya por delante y detrás el revoltijo del peinado?
De los 600 modelos de la posguerra, ¿quién podría describir en este poema prosaico la lindura, bizarría coqueta, así como evanescente y caprichosa del gusto femenino moderno?
Vuela de la cabeza esas aureolas en torno del cairel de pelo ensortijado y de la melena corta de poco después.
Sombreros de 1920, ¡salud!
Ruedo colgante, forrado de tul verdemar cayéndose por atrás, enguirnaldados, con alas de pájaro y racimitos de uva, anchos, redondos de paja amarilla o azul marisco.
¡Sombrerito de verano, crinolina negra con airón aceituna!
¡Sombrerito biscuit de paja inglesa, con cintas de terciopelo y ramo de flores!
¡Sombrerito de crepé marocain negro!
¡Sombrerito de paja blanco, con cinta también blanca!
¡Sombrerito de paja fina, con el ala revuelta por atrás y ribeteada de trencilla!
¡Sombrerito de Ninon con brocado negro y oro y velo de encaje!
¡Sombrerito de Suecia, blanda la copa bordada de plata acabada de cordoncillo!
¡Sombrerito de pana marrón guarnecido con tul plegado y de color rubio!
¡Sombrerito de crinolina de paja o de toca de raso, color caoba, guarnecida con alas de tisú, bordadas en oro, cereza y azul!
¡Sombrerito de pana negra y drapeé de terciopelo de seda negro!
¡Sombrerito turbante de paja de fantasía, pliegues y plumas de paraíso!
¡Tanto sombrerín abombado , y tanto gorrete piramidal, con picachos altos para alargar la estatura o enseñorear el rostro!; y tanta boina, diadema, disco airoso, celada de Mambrino, y tanto capachito, hojalateado, apenas plegado a la frente, o el penúltimo sombrerete, quizás el mismo caliendum de la dama romana evocada al principio…¡gracias por haber servido de caudal poético a mi canto!
¡Gracias, porque sois el estrambote complementario de mi loanza al sombrero ecuatoriano!
¡Gracias, siempre gracias, si es necesario que preceda el mío, el nuestro, el de vosotros propulsores de la industria propia, en el gran festín económico que se prepara!
¿No es que podemos abarcar la moda? ¿No es que podemos inventar gustos, modelos y prototipos?
¿No es que está en nuestras manos la materia moldeable por excelencia? ¿No es que en nuestras manos se maridan la cadena, la trama, el hebraje, el enlace, y el cromatismo de la labor?
12
¡Espérame un instante, tejedor toquillano!
Voy a cantar el final de tu obra maestra.
Voy a celebrar el acto supremo de tu concepción perfecta.
Voy a asistir al rotundo parto de tu procreación.
Voy a gozar con tu inventiva, a contemplar por un momento el afincamiento definitivo de tu esfuerzo lleno de la motricidad juvenil reforzada en cada roce con las dificultades.
Llego con la música robusta en tono mayor, pasodobles, pasillos y valses ejecutados a pleno aire.
Llego de tu choza de sigse, a tu yacija de carrizos o a tu vivienda precaria de cadí.
Estás sentado en tu taburete de magüey entre el corro de íntimos, con la línea imprecisa del véspero sobre tu frente.
Te llamas Belisario Beltrán. Te llaman Claudio Quijije, Honorato Anchundia, Andrés Pintado. Y a ti, mujer de manos agilísimas, Rosaura Medina o Laurita Delgado.
El sol bañista de la costa de Manta ha venido en tu busca.
Del pueblo de Biblián te han despedido, vendedor ambulante, con sendos tragos cordiales, mates de chicha y abrazos efusivos, hasta bien avanzada la carretera amarilla.
En la feria de Azogues, en medio de esa justa precipitada de negocios, tú, vendedor volandero, eres el más fervoroso, el más influyente. Recorres la ceca y la meca con la parva de sombreros finos.
Sobre tu cabeza bambolean diez grandes de color mate. Eres el mayorista lejos de la feria abundosa y el minorista competidor dentro de ella. Si en ti estuviera darías largas esperas al cliente, a fin de que sepa cuanto cuesta modelar un artefacto semejante.
13
En Cuenca está el colmenar. La ciudad de los cien poetas máximos, insufla sus arterias con tu sangre vertida desde un antaño inmemorial. Y con ella, Paute, Saraguro, Sígsig, Girón y pueblos y aldeas laboriosos.
Han seguido sus tejedores la evolución del sombrero desde el rincón familiar de la conseja insomne.
Dicen que en Cuenca, al igual que en Manabí y Tabacundo, fabricarían desde el sombrero cordobés o flamenco, de ala ancha horizontal, dura para la cabeza de un diestro, hasta el bombín, primo hermano del anterior, el Bombín o chapeo bohemio usando aún por los héroes de Carrére en su conocido Canto a la Bohemia.
¿Y cómo no, si se han multiplicado las variantes entre nosotros mismos?
Los Cuba Libre, los de ala puntiaguda, como los de medio queso, los de calavera, émulos otros del canotier o mocora, los de calabaza en infinidad de formas, ¿no son muestras fehacientes de que el pajón de toquilla se adapta y se adaptará a todas las formas imaginables?
14
¡Tejedores ecuatorianos, rivalizad a todos! ¡Inventad nuevas formas! ¡Estudiad los modelos! ¡Refinaos en el tejido, el bordado y el gracejo!
¡Desplegad el cultivo de la planta, no sólo en Choconcha y lo altos parajes del trópico, sino en la altiplanicie, en cada uno de sus cacúmenes y cañadas!
15
Mi palabra asume una profecía. Mi palabra alada presupone prontitud, avance, superación. Mi palabra consubstancial se abre con mil facetas a vista de los míos, con el sonrojo de la fecundación próxima.
La fimbria de la amanecida despunta como parpadeo gracioso de mujer. ¡Demasiado habéis esperado! ¡Demasiado bajasteis la frente! ¡Demasiado celosos fuisteis del pasado de otros!
Óyeme, tierra mía. Tú que me has brindado caricias primaverales, vastos panoramas, lo inconmensurable de tu cielo, la abruptez de tus montañas, orquídeas, palmares, lianas, resinas de la selva como Dios los crió, el petróleo de Santa Elena y del Oriente amazónico, carbón, azufre, hulla de cien lugares:
¡Hurra a la industria textil!
¡Hurra a la industria tabacalera!
¡Hurra a la resurrección del cacao!
¡Hurra la producción del café en las tres regiones andinas!
¡Hurra la multiplicación del banano en el suelo ardiente y medio de todo el Ecuador!
¡Hurra los hidrocarburos de Sierra y Costa emancipados, potencialmente explotados!
¡Viva la industria cabuyera!
¡Viva la expansión de la tagua a través de los mares conocidos!
16
No soy un sentimental a secas. No hice profesión de fe lírica solo para mover palabras, sino hombres. Por encima del siglo creo en la virtud del canto órfico. ¡Por encima de la decadencia del verso diáfano, creo en la eficacia de la estrofa, en la fibra dura de los hombres motores! Yo transmito la contraseña de la jerarquía espiritual buscando la dinamia de la acción.
El que me rechaza, ajuste la cerradura de su alma. El que me desprecia, concluya por ahogar el espíritu ultra genésico de la idea. Se hace porque se dice. Se cumple porque se barrunta. Se realiza porque el pensamiento intuye más pronto que la esclerótica. La voz individual precede al bullicio. La armonía hermana mejor que la teoría. Nos emancipamos porque pensamos y antes de ello hemos sentido la emoción buscada de la libertad.
17
Pongo por testigos a vosotros mismos, ecuatorianos, que ha llegado la hora de ser grandes. ¡De pie sobre el más alto minarete de la cordillera andina, allá va mi canto!
Soy un Memnón erguido sobre más de diez cimas hirvientes con un haz de antorchas en la mano. No son antorchas propiamente: ¡son las seis, diez, veinte variantes del sombrero de paja toquilla que ha sublimizado mi canto!
18
¡Oídlo bien! Exhibid donde quiera nuestros sombreros flexibles osouples , tales como el donset , los frégoli con cinta ancha, el modernista y el que elijáis, enhiesto como el cimborio del templo medieval, el mismo que me servirá para tremolarlo sobre las cabezas huecas de los imbéciles achatadores de libertades!
Quito, 1931.
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