Sergio Núñez Santamaría
No tengo la pretensión de haber escrito para todos los gustos y para todas las épocas estos poemas. Ni que los lectores con que cuento a través del tiempo, los elijan con
el mismo fervor y ahínco de los de una determinada oportunidad.
Pertenece, por lo visto, a su autor el mayor menor deseo de divulgación, precisamente por el carácter peculiarísimo que tienen. Y porque podían no haber aparecido, frente al tumultuoso número de producciones del día que con razón o sin ella, mueven a críticos y admiradores a golpear en el consabido pandero de la exaltación.
Vienen ellos también a figurar entre ideaciones y entusiasmos estéticos inactuales, desde su escondite de más de treinta años.
Y entonces se sobreentiende que el gusto por los poemas en prosa estaba en boga, que se pensaba todavía en Baudelaire y Tagore, en alguna traducción libre del propio Omar Kayam, en Darío, Nervo, muy entrado el siglo que alcanzamos y más aún, en el conocido Gaspar de la Noche, en Jules Renard, en el prodigo, universal y caudaloso Walt Whitman y en el germen consumible que dejaron los libros bíblicos. Sergio Núñez
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