Un homenaje al obrero y al sombrero de paja toquilla
(Conceptos sobre Elogio al sombrero de paja toquilla, poema en prosa de Sergio Núñez Santamaría)
Por: Fabián Núñez Baquero
2/27/04
Hace más de setenta años que el gran polígrafo tungurahuense Sergio Núñez
Santamaría escribió este extraordinario poema en prosa. Parecería que él
estuviese atravesando presencialmente los inefables acontecimientos del día
signados por la mayor degeneración del sistema capitalista y su clase
gobernante. Si podemos decirlo de alguna manera, el poeta estaba seriamente
preocupado por el país como un todo. No se trata solamente de hacer- como lo
hace- un hermoso poema al sombrero de paja toquilla de Jipijapa o Cuenca, al de
Tabacundo o de Azogues, sino que es un increíble reconocimiento al trabajador
humilde, a la mujer artesana, a las manos que verdaderamente crean esa
maravilla que, por razones del comercio global en el Istmo, se lo conoce
distorsionadamente como el Panamahat.
Sin exageración hiperbólica Núñez levanta un monumento al artesano
ecuatoriano con su insólito dominio del lenguaje y con un conocimiento
profundo, histórico del sombrero y las modas basadas en él desde la época
greco-romana hasta nuestros días. A pesar de los años transcurridos desde su
escritura, el texto tiene una frescura y una fuerza de la adolescencia y la
juventud creadoras. Esta es la primera constatación de que el poema es una
verdadera joya artística.
Hoy, cuando se está tratando de inscribir al país dentro de la ruta del
turismo mundial y se está exhibiendo las maravillas naturales, su hábitat
legendario y su fauna de maravilla, este poema es imprescindible, es además de
objeto de arte, un documento histórico que eleva al Ecuador y sus trabajadores
a la esfera de primera magnitud en la artesanía del globo. ¿Quién puede negar
la bienvenida formidable que da el poeta a nuestro sombrero? :
¡Bienvenido seas,
sombrero de paja, ahora que necesitamos oro de buena ley en nuestras arcas!
¡Ahora que carecemos
del maná bíblico en nuestros hogares!
¡Ahora que hace falta
el reguero prolífico que vivifique nuestras arterias!
Como vate ( el que prevé, el que vaticina) que es, ya
el gran Sergio Núñez Santamaría se adelantó con más de medio siglo a la
globalización de la producción y a la necesidad de sacar adelante todas las
fuerzas creadoras materiales, siendo la principal la del obrero ahora
maltratado , sin empleo y sin futuro:
¡Ahora que el santuario está en el taller , en el
laboratorio, en la fábrica acogedora, en el campo potencial, y la norma
definitiva de vencer no es otra cosa que la catalogaciòn, la especializaciòn,
el invento, el acervo predominante de fuerzas mecánicas!
No podía ser de otra manera. Núñez[1] no en vano fue
un precursor del indigenismo en la literatura y en algún momento militante del
socialismo. Sabía y estaba absolutamente convencido que el arte era sobre todo
una herramienta de educación y de impulso hacia el trabajo y la transformación
de la materia y del hombre para un mundo de justicia y de igualdad. Por eso,
como si fuera testigo de todos los males que padecemos a causa de los
atorrantes y negativos politiqueros, él se adelanta y dice:
Ahora que la expectación
del mundo gravita sobre nuestras cabeza y se espera con ansiedad saber qué
somos, cuánto valemos, a dónde vamos, cuál es el trofeo de victoria que
ostentamos!
¡Ahora que no
guerreamos inútilmente por sepultar a monigotes de cieno!
¡Ahora que abrimos
caminos para conocernos más!
¡Ahora que no
hallamos reposo sino en la escarpia de la nube o en el vértigo rabioso de un
camino sin límites!
¡Ahora que
despreciamos al mandón disoluto, al politiquero ramplón, al parasitario de
oficio que circula por todas partes!
Como un trabajador ecuatoriano, orgulloso de su estirpe
y de su país, promoviendo sus verdaderos valores, Núñez exclama:
Nosotros no tenemos
tumbas faraónicas, ni obeliscos, sino tierras de promisión.
Nosotros no
conservamos pirámides, menhires y dólmenes en el vasto circuito inhabitado,
sino dominios vírgenes, inabarcables hasta ahora.
Nadie puede negar que el maestro de fuerza que fue
siempre el poeta Núñez se basó en la dinámica obrera, en la competencia leal,
igualitaria, no para imponer sino para repartir, no para enriquecerse sólo uno
sino para desarrollar el pan y la industria para todos:
¡Bien venido, sombrero ecuatoriano, ahora que los
operarios valen más que los guerreros, que un fabricante pesa más que un ser
mitológico; que el inventor cuenta con más agradecidos que el caudillo; que la
materia prima describe más problemas que la ardua metafísica; que el modelo es
preferido al prototipo; que la iniciativa se coloca sobre la meditación
estática; que el método ha vencido al sistema abstracto y cada aspecto de vida
real augura un alumbramiento nuevo!
El poeta es un apóstol y un profeta, que reclama con
la voz en alto:
¿Habláis del éxito de
uno aparte de los otros?
¿Habláis del
bienestar individual, cuando aquí, allá se retuercen de miseria?
¿Habláis de la ruta
segura cuando vosotros sois los que trazáis curvas a derecha e izquierda con
vuestros sofismas?
¿Habláis de trabajo
cuando esperáis el arribo de la riqueza con los brazos cruzados?
¡Habláis de causas
nobles cuando sois los primeros en desvirtuarlas desde el libro, el púlpito y
el foro?
¿Habláis de actividad
práctica cuando hace más de un siglo que dormís el sueño gordo de la
imprevisión?
¿Habláis de la
grandeza económica cuando gastáis lo que no habeis producido?
El poeta no puede ser sino un testigo y un
cuestionador de su tiempo, de aquellos que no viven sino para su disfrute o
interés particular, del sistema de injusticia donde la vagancia exige a los
trabajadores no ser vagos.
Pero lo que aprendemos en valores en este poema es
parte de la inconmensurable sabiduría poética e histórica del gran aeda
tungurahuense, (quien, en mi concepto, es el más grande escritor, luego de
Montalvo, que ha tenido ese rincón cordillerano). Presentemos sólo unas pocas
muestras de su sabiduría poética:
Te entreveo al trasluz del precedente histórico.
Ven. Primero eres el petazo griego, sujeto sólo por
una fimbria leve al cuello. Tan corto de falda como el miniaturado femenino,
1930.
Ya eres el pileo o el chino de forma cónica, con
remate lujoso en la copa, donde escintila una borla de crin roja o de seda.
Ya eres pandereta giratoria descomunal sobre la cabeza
de mujer tonquinesa y filipina.
El de paja de bambú coreano propio de mandarines
antiguos. Ala ancha, sostenido a la barba por una sarta de cuentas resinosas.
Allá por el medioevo eres gorro, caperuza, o montera
puntiaguda, redonda , o cilíndrica de cuero amarillo, como los que se ven en
los relieves de Notre Dame.
Y, sin embargo, no sabemos qué escoger en las vetas de
la mina poética, si el homenaje a la mujer a través del sombrero o si el
recorrido que hace por el uso y la prestancia que tuvieron personajes célebres
con y mediante él:
Edison te ha llevado con cariño. Rostchild, Carneggie
y Rockefeller se consideraron tan americanos como Lincoln y el filósofo Wilson,
que lo retuvieron en la cabeza.
Humboldt conoció uno de su predilección; Bonpland,
Caldas, Celestino Mutis, herborizaban con el compañero jipijapa en
su mano.
Castelar lo usó en las Cortes de la Primera República
Española, antes de volver a defender el trono borbónico.
Napoleón lo hubiera preferido a su tricornio,
sirviéndolo como de talismán, como su montecristense al general Eloy Alfaro.
Rubén Darío pidió uno después de escribir La
Marcha Triunfal.
Pero es mejor que pongamos los ojos en el
reconocimiento central a los hombres trabajadores clásicos de la toquilla:
¡Oh hijos de Cuenca!
¡Próceres del talento! ¡Gayos progenitores del verso!
¡Señores
privilegiados de las artes manuales! Por cada verso que plasmais creáis un
genio.
Por cada brizna de
toquilla enhebrada, preparáis un cofre para el cerebro humano!
¡Azuayos líricos!
¡Azogueños hacendosos!
Como es conocido, el centro de la fabricación de esa
maravilla del parasol toquillero, y el que de una manera ha dado nombre al
sombrero ecuatoriano en general es Jipijapa, Manabí, sin descuidar de ninguna
manera Calceta, Montecristi, los célebres lugares de producción. Y a ellos se
refiere el poeta:
¡Oh hijos de Manabí! ¡Tejed sombreros día y noche!
¡Vuestros jipijapas que se pierden en la noche de los
tiempos!
Vuestro jipijapa sedoso, poliforme, bien ajustado a
cualquier cabeza.
Vuestro parasol anchuroso, más servicial que el potro
montuvio al través de la montaña.
En verdad no hay momento en que el poema decaiga. El
mismo profundo aliento de inspiración y fuerza es mantenido uniformemente en
todo el trayecto de principio a fin. Todos los recursos de su talento genial
sólo son producto de su sencillez y su convencimiento de su trabajo, por eso
dice con convicción:
Bien venido para mí que he salido de mí mismo para
cantarte; que arriesgo la prosa mas ruda y desenfrenada en tu alabanza; para mí
que no busco el aroma efímero del éxito, ni la glosa interesada del aplauso,
sino el verdadero triunfo del esfuerzo, el ritmo de la acción conjunta, la
pujanza del brazo, la tirantez del músculo, el desenfado del trabajo en lucha
con la inercia habitual, y el imperio de la voluntad mayoritaria, para
producir, crear, aumentar, repartir y robustecer el organismo enfermo de los
miserables!
Como en la realidad del comercio de este legendario
ornato del país, -que ya está perdiendo vigencia a causa de la desidia del
ciudadano común , de los gobernantes -,el poeta eleva a la categoría de un mito
universal espléndido y vigoroso el esfuerzo y la realización de este tan útil
artefacto personal.
Como las tortugas o como Las Islas Encantadas, como el
quinde fabuloso del cual tenemos centenares de especies, como los volcanes o la
vasta selva amazónica colmada de oxígeno y murmullos portentosos, el sombrero
de paja toquilla adquiere una fisonomía y personalidad cultural y poética no
sólo ecuatoriana sino mundial.
Nuestro envidiable sombrero, a través de este no menos
increíble poema, debe retomar su comercialización y difusión en todo el orbe y
que ese sea nuestro emblema jubiloso, la bandera equinoccial que tremole a todo
viento en el firmamento de la globalización.
[1] Véanse sus obras: Novelas del páramo y la
cordillera, Tierra de Lobos, Árbol que no da fruto, Juego de Haciendas,
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